Este es un libro sobre música pop y la gente que lo escucha. Es un libro
sobre cómo el pop influye en la vida de la gente. Es un libro sobre una vida,
una educación, basada en la música pop; la mía, la del autor. El escritor como
humano enamorado de sus canciones favoritas.
Así empieza Mil violines, un tremendo libro de Kiko Amat que es una
síntesis perfecta de sus dos libros anteriores L’home intranquil, que ya
comentamos aquí, y Rompepistas, una fantàstica novela que és de lo mejorcito
que se ha publicado en los últimos años y una obra de referencia en lo que podríamos llamar “literatura Pop”. Síntesis
perfecta porque combina las crónicas personales del autor, el catálogo de
filias y fobias que caracterizaba L’home intranquil, con la pasión, el Teenage
Kicks y el romanticismo bigger than life de Rompepistas.
Cada una de las 14 crónicas sobre pop y humanos, como las subtitula Amat, que
componen el libro está encabezada por una canción que, cual magdalena de
Proust, evoca recuerdos, sensaciones y situaciones de una época determinada.
Así, de entrada, podríamos tener la tentación de comparar Mil violines con 31
canciones de Nick Hornby; nada que ver: el libro de Amat le da 50 patadas al
susodicho. A pesar de mi admiración por Hornby, ese es,
paradójicamente (porque el planteamiento prometía) una de sus obras más flojas,
un trabajo plano, plano.
Todo lo contrario que aquí: las páginas de Mil violines derrochan pasión
desbordada, amor incondicional por la música, complicidad masculina, mucho
humor y, a veces, una refrescante incorrección política. El gusto de Amat és
ecléctico, aunque con querencia hacia sonoridades garageras, negras, british y
mod: Dexys Midnight Runners, Mose Allison, The Dictators, Northern &
Southern Soul, The Who, Go-Betweens, Trojan, 2-Tone y un largo etcétera.
También hay algunas revelaciones sorprendentes: a Kiko Amat le gustan (o le
gustaron en su momento) El Último de la Fila y el Hip-Hop.
Todos los capítulos son más que disfrutables, desde el primero !Hurra por
el blues de todos!, que gira en torno a I’m Smashed, de Mose Allison, hasta el
último, El secreto de las fiestas, dedicado a Hexbreaker, de los Fleshtones. Ninguno
tiene desperdicio pero si tuviera que elegir uno, lo haría sin dudar con
Cricklewood, 1995, la ingeniosa y brutalmente divertida crónica de las
desventuras de Amat, su hermano y un amigo en un barrio irlandés del extrarradio
londinense durante el año en que Wonderwall de Oasis sonaba en todas partes y a
todas horas: impagable.
Tan buenos como los catorce capítulos resultan los cuatro epílogos
incluidos. Un epílogo teórico, en el que Amat trata de explicar lo
inexplicable: por qué unas canciones le gustan y otras no y por qué canciones
que antes le gustaban han dejado de hacerlo. Un epílogo práctico, con sabios
consejos para compradores compulsivos de música, cazadores de rarities e
incunables y DJ’s. Manual de literatura para punks, un decálogo pensado para
los aspirantes a escritor. Y finalmente, Arráncame las orejas, su personal galería
de horrores musicales, donde aparecen sus diez canciones más odiadas, odio plenamente compartido
en algunos casos como Dire Straits o Phil Collins.
Brillante de principio a fin, Mil violines es el libro que a cualquiera que
ame la música le gustaría poder escribir algún día.





